Sirvan estas líneas a vuestras mercedes de bienvenida a esta pequeña estancia, donde entre anaqueles repletos de vetustos y polvorientos libracos la Historia reposa olvidada. ¿Reposa? ¿Olvidada? O quizás no; quizás sencillamente sea cuestión de desempolvarla, y demostrar la validez de aquellos viejos principios de que “Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos” o que “El pueblo que olvida su Historia se ve obligado a repetirla”.
Quizás el problema resida en nuestra forma de contemplarla: en un mundo tan terrible e implacablemente pragmático como el actual donde todo se mueve a un ritmo tan endiablado (el “O te mueves o caducas” junto al “Comes o te comen”), las Humanidades en general y la Historia en particular adquieren un velo de falta de praxis, de disciplinas cuasi-muertas, meramente contemplativas. Así hemos sido educados por esta sociedad eminentemente audiovisual, y así es como vemos la Historia: estática, gris, inconexa con nuestro mundo del día a día, en una palabra, prescindible.
Pero hete aquí que no todo está perdido. Digamos, por un suponer, que te encuentras en una de aquellas excursiones a un museo de arte con el colegio, contemplando con languidez y gesto aburrido un cuadro de Velázquez, pongamos El aguador de Sevilla. Y no sabes cómo, se hace la luz, surge una pregunta casi risible, pero que es la chispa que prende el reguero de pólvora: “¿De verdad se dedicaban a vender agua por la calle?”, a la que sigue: “¿Es que no había en las casas?” y ”¿Cómo vivía esta gente?”… Y es así, como a través de la “Historia costumbrista”, un día te das cuenta de que no todo es tan diferente. Que aquella gente sobre la que lees, te hablan, o contemplas inmortalizada a través del arte o del cine vivió, sintió, pensó, se expresó, mató y murió exactamente como lo hacemos hoy día. Ese día te das cuenta de que las “épocas” o “edades” no son sino capítulos de una misma narración, de una misma historia (el término no es casual), y que contemplando el conjunto -como el que sube a la montaña para contemplar el valle- con más perspectiva compruebas que todo está relacionado, que todo tiene sentido.
Es por ello que cuando leo un libro histórico (ya sea académico o novelado), paseo por los cascos antiguos de ciudades centenarias -o milenarias, pardiez, que de eso no andamos escasos, aunque no lo advirtamos con toda la frecuencia que debiéramos-, veo cine histórico o contemplo cuadros de arte clásico no veo el medio, sino que logro que me rodee el mundo que describe, y no es difícil -a poco que uno le ponga intención- llegar a escuchar el repiqueteo de los cascos de un caballo, el gualdrapear de la lona del navío al viento, la algarabía de los vendedores del mercado, o el tintineo de dos espadas desnudas tras el siguiente recoveco del callejón.
Trataré, en la medida de lo que mis pobres artes me lo permitan, de haceros partícipes de este sentimiento, siempre y cuando gustéis de acompañarme siguiendo los pasos de la Historia. Siempre viva y en continuo devenir, pues amigos, la Historia se escribe cada día.